miércoles, 21 de diciembre de 2016

Aprender equivocándose, por Luis Marín Sicilia. = Los políticos, nos tienen mas que hartos; hechos no palabras, el movimiento se demuestra andando...

La sociedad civil, tiene que reaccionar.

 

  • "¿Qué diríamos de la Comunidad de Madrid si ahora premiara al famoso Spiriman por su denuncia de la situación sanitaria andaluza?" 
  • "Es cierto que no conviene a nadie judicializar la política, pero en un Estado de derecho la Justicia no puede mantenerse impasible ante los desafíos de impunidad"
  • "Quizá esté ocurriendo que la selección de nuestros dirigentes no ha sido la más acertada, lo que no es de extrañar en un país como el nuestrodonde todo el mundo habla de todo y nadie sabe de nada"



Aprender equivocándose

 

  • "¿Qué diríamos de la Comunidad de Madrid si ahora premiara al famoso Spiriman por su denuncia de la situación sanitaria andaluza?" 
  • "Es cierto que no conviene a nadie judicializar la política, pero en un Estado de derecho la Justicia no puede mantenerse impasible ante los desafíos de impunidad"
  • "Quizá esté ocurriendo que la selección de nuestros dirigentes no ha sido la más acertada, lo que no es de extrañar en un país como el nuestro, donde todo el mundo habla de todo y nadie sabe de nada"



La gente está cansada, la sociedad civil cada vez más le da la espalda a una clase política que no se ocupa realmente de sus problemas sino que, más bien, parece empeñada en vender como éxitos lo que en el fondo son fracasos o reveses de su acción política. Y no digamos la fatiga y el tedio que provocan los nuevos populismos, separatistas o radicales, con su falseamiento permanente de la realidad y de la historia.

Por ejemplo, nos gustaría que dejaran de mirar para otro lado, hablando de modernizaciones y buscando culpables ajenos respecto al atraso educativo en Andalucía, y se empeñaran los responsables de dicha área en abordar con más rigor todo lo concerniente al nivel cultural de los andaluces. Si España es el país del primer mundo donde menos apego hay a la lectura, las cifras andaluzas son tan deprimentes como alarmantes, si de verdad preocupa el futuro de las nuevas generaciones.

Que la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, a través de la Escuela de Salud Pública, hiciera la ola para desgastar al Gobierno del PP, otorgando el premio a las mareas blancas por su lucha contra los recortes sanitarios, solo expresa un afán demagógico desmedido, cuando es palpable la contestación popular andaluza contra los recortes en esta materia, tal como acreditan las paralizaciones provocadas por la presión popular en su política de fusiones hospitalarias. ¿Qué diríamos de la Comunidad de Madrid si ahora premiara al famoso Spiriman por su denuncia de la situación sanitaria andaluza? La demagogia siempre tuvo las patas muy cortas.

Del mismo modo resulta frustrante el acto programado por Susana Díaz para homenajear a Zapatero por aprobar la Ley de dependencia, olvidando que la misma no regulaba su financiación, lo que la convertía en un mandamiento programático sin sustancia. Ello ha provocado que las autonomías no puedan cumplir sus objetivos por falta de recursos, siendo precisamente la andaluza la que tiene un mayor grado de desatención de los casos más graves, alcanzando el 19,1 %, frente a la media nacional del 15,0 %.

Y de populismos y radicalismos, disfrazados del virus separatista, deben estar cansados y aburridos en Cataluña, donde pocos se ocupan de los problemas reales de los ciudadanos, mientras algunos se forran, en términos no sólo políticos, con el famoso "proces". Es cierto que no conviene a nadie judicializar la política, pero en un Estado de derecho la Justicia no puede mantenerse impasible ante los desafíos de impunidad, los realice quien los realice.

Por ello son bienvenidos todos los movimientos que busquen puntos de encuentro, desde la disposición al diálogo por parte del Gobierno a los informes y propuestas que, espontáneamente, van surgiendo de una sociedad civil que ha entendido la gravedad de la deriva a que les llevan unos políticos atrevidos, manipuladores y fantasiosos. De ahí el resurgimiento del tradicional "seny" catalán que manifiestan grupos sociales como la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País, la Sociedad Civil Catalana, el grupo Lliure (Libre) o Puertas Abiertas del Catalanismo, entre otros. La disposición del Gobierno para un diálogo que no quebrante la ley y la presión de estos grupos pondrán de manifiesto la cerrazón de quienes han hecho de las instituciones catalanas un fortín de desobediencia impune.

Dialogar no implica renunciar a los propios planteamientos, pero sí reconocer los de la otra parte. Y esa ha sido tradicionalmente una de las mejores virtudes del catalanismo: saber buscar el punto intermedio, el encuentro fructífero entre posturas diversas, en aras de una convivencia apreciada como valor supremo de las sociedades libres.

La desgana, la desmotivacion ciudadana, el cansancio que provoca aburrimiento en la gente normal, no es sino consecuencia de la pérdida de energías de unos políticos que se ocupan de cuestiones menores, a menudo con planteamientos demagógicos, mientras olvidan lo que concierne a cualquier gobernante serio preocupado por el futuro de su país: política de vivienda, sostenibilidad de las pensiones, cuencas hidrográficas, avances tecnológicos, sistema educativo, problemas de salud, políticas de empleo, incentivos para el progreso económico, etc.


Quizá esté ocurriendo que la selección de nuestros dirigentes no ha sido la más acertada, lo que no es de extrañar en un país como el nuestro, donde todo el mundo habla de todo y nadie sabe de nada. Por ello es bueno aprender equivocándose, para lo que hay que atender más a los hechos que a las palabras. Acabaríamos con la desmotivación ciudadana y conseguiríamos así sortear aquella sentencia cervantina según la cual "cada día que amanece, el número de necios crece".



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