miércoles, 6 de mayo de 2015

La comedia de errores, por Manuel Arias Mandonado = en el fondo, todos juegan a lo mismo; ¿una cuestión de poder?; cutre, muy cutre; ¿La nueva política se convierte en casta y en “político profesional” = al final todos se retratara, por que es cuestión de tiempo y las acciones empiezan ya a hablar más que las palabras. ¿faltan pares para terminar con el “Régimen”; mejor vivir en la comodidad?

Albert Rivera, alejado de la marisma política andaluza, estaría minusvalorando el daño que inflige a su partido. Salvo que crea obtener con ello un beneficio futuro más amplio........ Perder Andalucía para ganar la Moncloa: una apuesta arriesgada.

 

Nomina política = miembro de la "casta"; ¿Todos locos por tocar el poder?





 La comedia de los errores por MANUEL ARIAS MALDONADO


Dice el tango que la distancia es el olvido, pero políticamente hablando equivale más bien a un inevitable desconocimiento: de los divinos detalles que marcan la diferencia allí donde más cuentan. Recuerdo que, cuando vivía en Alemania, muchos colegas me hablaban entusiasmados del Zapatero de la segunda legislatura, seducidos por el aspecto desenfadado del ex-presidente. Si yo trataba de explicarles los claroscuros de su desempeño, se aburrían y pasaban a otra cosa: aquello les quedaba demasiado lejos. Y algo parecido se diría que pasa con la investidura del gobierno andaluz, ya que de otro modo parece difícil de explicar la decisión adoptada por Ciudadanos de apoyar a Susana Díaz a cambio de un compromiso genérico contra la corrupción. Albert Rivera, alejado de la marisma política andaluza, estaría minusvalorando el daño que inflige a su partido. Salvo que crea obtener con ello un beneficio futuro más amplio.

Vaya por delante que uno de los rasgos más destacados del ser humano es su infinita capacidad para darse razones que justifiquen el curso de acción previamente decidido. Es decir, que cuando queremos hacer algo buscamos el discurso que sostenga nuestra decisión, ofreciéndolo a los demás con la máxima convicción: ya se trate de comprar un piso o de alquilarlo. Por eso, la decisión de Ciudadanos gustará a quienes deseen ver investida a Díaz y disgustará a quienes anhelen lo contrario: unos esgrimirán la estabilidad y otros la necesidad de hacer verdadera oposición. Pero, como no estamos hablando de una decisión personal, sino de una acción política de alto contenido simbólico, las razones de Ciudadanos valdrán tanto como su capacidad para persuadir a sus votantes, andaluces y españoles, de que han hecho lo correcto. No será fácil.

Recordemos que tanto Ciudadanos como Podemos han construido su discurso a partir del marco que más favorable les resulta en un marco de desafección ciudadana y fatiga bipartidista: la oposición entre la vieja y la nueva política. Ellos quieren representar una nueva forma de hacer las cosas frente a las fosilizadas maneras de los dinosaurios de la política española, a cuyo tedioso argumentario oponen el desenfado de una palabra fresca libre de prejuicios. Sucede que, cuando un partido emergente asume funciones de gobierno o se ve enfrentado a un escenario postelectoral donde es forzoso tomar partido, su posición cambia radicalmente: las acciones empiezan a hablar más que las palabras. En ese contexto, es difícil explicarse qué gana Ciudadanos al pactar con Díaz. No me parece convincente atribuir su decisión al deseo amateur de «tocar poder»: esta partida se juega en el nivel nacional. Tampoco pueden creer que las nuevas promesas de Díaz valen más que las anteriores. Más bien, creen que les conviene.

Pero, ¿hay mejor símbolo de los vicios atribuidos al bipartidismo que el gobierno socialista andaluz? Es algo así como la gran ballena blanca del deterioro partitocrático, con permiso de Valencia. Por eso mismo, a primera vista nada sería más rentable para Ciudadanos que castigar al régimen andaluz: la nueva política no pacta con la vieja. De hecho, el votante del PP fugado a Ciudadanos no va a aceptar otra cosa. ¿Entonces? Su decisión de apoyar la investidura de Díaz sólo puede responder, paradójicamente, a la ambición de sus dirigentes nacionales. Andalucía representa para ellos la oportunidad de aparecer como un partido verdaderamente centrista y transversal, al que pueden votar los desencantados de todas las confesiones y no solamente quienes se ubican en el espectro ideológico del centro-derecha. Desean acabar con la sensación pública de que sólo pueden pactar con el PP, que a su vez puede ahuyentar a algunos votantes potenciales. Perder Andalucía para ganar la Moncloa: una apuesta arriesgada

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