domingo, 1 de marzo de 2015

El PSOE ha muerto, ¡viva Susana!...todo para retener el colocadero de la Junta; estructuras gubernativas que ceban el populismo con recursos públicos y cuyas prácticas clientelares generan vínculos de Familia ¿¿??.


  • Incapaz de alzar la bandera de la virtud se ciñen la enseña andaluza para tapar trapicheos y corrupciones.
  • Se transita de la patrimonialización de la autonomía por el PSOE a su personalización en Susana Díaz  



  • «el patriotismo es el último refugio de los canallas»


    ......Más cuando los escándalos se persiguen uno tras otros, como los días: desde las nuevas pesquisas de la juez Alaya sobre avales a empresas o las adjudicaciones a todo meter de minas como la de Aznalcóllar a empresas amigas sin experiencia en el sector y asociada a otra con notables catástrofes medioambientales a cuestas. Tratándose del otrora yacimiento de Boliden es mentar la soga en casa de ahorcado. Todo hay que cubrirlo ante la cita del 22-M en la que el PSOE busca atrincherarse, reduciendo a un partido andaluz con franquicias en el resto de España.

    http://www.elmundo.es/andalucia/2015/03/01/54f20c3bca4741947f8b4578.html

    El PSOE ha muerto, ¡viva Susana!




    ENNIO FLAIANO, guionista favorito de Fellini, bromeaba con que, en la bandera italiana, debería figurar con caracteres indelebles, a modo de motivo heráldico: «¡Tengo Familia!». Esa invocación resumía, a ojos de sus compatriotas, como sus políticos anteponían el apropio de dinero público. Algo similar acaece por estos pagos y explica que alguien, con las conchas de galápago del diputado socialista Pezzi, enarbolara el martes la bandera andaluza cuando Rajoy sacó al retortero los ERE en el Debate sobre el Estado de la Nación. Se envolvió en ella como si fuera un sudario. Antaño, hacían igual pamema y en cuanto Escuredo y María Ángeles Infante se daban la vuelta en alguna efemrides, motejaban de «trapo y momia» la enseña verde, blanca y verde y a su hacedor.

    El esperpento supuso que las Cortes parecieran Falcon Crest. Aquel popular culebrón norteamericano que llevó a Pezzi, siendo portavoz parlamentario, a supeditar las sesiones de la Junta de Portavoces de la Cámara autonómica a la conclusión del capítulo correspondiente. Tan palmaria fue la farsa que sus vecinos de escaño, con un imputado de los ERE a sus espaldas (el exconsejero Viera), se lo tomaron a chacota.

    Incapaz de alzar la bandera de la virtud se ciñen la enseña andaluza para tapar trapicheos y corrupciones

    No es la primera vez que protagoniza tales irrisiones, cual espontáneo que se arroja al ruedo para llamar la atención del aficionado. Hace meses, tildó los autos de Alaya de obra de una «enferma» en una deposición usual en regímenes totalitarios. Desde que dejó de coordinar la Segunda Modernización de la nada, que Chaves emprendió en parangón con los planes quinquenales soviéticos, Pezzi se orienta en aterrizar, como geógrafo de titulación que es, donde no mengüen sus ingresos públicos. «Todo por la familia», obviamente.

    Por encima de su circunstancia, el estrambote de Pezzi escenifica el descarrío del PSOE. Incapaz de alzar la bandera de la virtud y de la decencia, se ciñe la enseña andaluza para tapar trapicheos y corrupciones. Salvando las distancias, cúmplese el aserto del Doctor Johnson de que «el patriotismo es el último refugio de los canallas». Más cuando los escándalos se persiguen uno tras otros, como los días: desde las nuevas pesquisas de la juez Alaya sobre avales a empresas o las adjudicaciones a todo meter de minas como la de Aznalcóllar a empresas amigas sin experiencia en el sector y asociada a otra con notables catástrofes medioambientales a cuestas. Tratándose del otrora yacimiento de Boliden es mentar la soga en casa de ahorcado. Todo hay que cubrirlo ante la cita del 22-M en la que el PSOE busca atrincherarse, reduciendo a un partido andaluz con franquicias en el resto de España.

    Si el PSOE camaleonó en nacionalista a fin de destruir al PSA de Rojas-Marcos y agitó la autonomía para derribar a Suárez, a quien los andalucistas sostuvieron a fin de desbloquear el proceso, ahora recupera aquella piel para evitar su marcha del palacio de San Telmo. Aquel PSOE de González en la oposición -como el de Sánchez, pero más vigoroso, dada su consunción pareja a la del PASOC en la Grecia de Syriza- transigió con que Escuredo volara por su cuenta y se imaginara Bolívar.

    Tomada La Moncloa, lo desechó cual juguete roto, avanzando su mortuoria en El País al sembrar de sospechas el pago del chalé que «le habían» hecho. Una ejecución similar sufriría Borrell tras su victoria en aquellas primarias para dorar la píldora del dedazo de González en favor de Almunia y se ha reeditado con el cadáver aún humeante de Tomás Gómez, condenado sin imputar por la ruina del tranvía de Parla.

    Segado el caudillismo de Escuredo bajo las horcas caudinas de González y Guerra, el nombre del presidente de la Junta ha sido un asunto interno del PSOE. A ello se han plegado muchos andaluces como rendidos militantes, en vez de ciudadanos. Cierta vez ironizó el empresario olivarero Antonio Luque que los andaluces podían ser de izquierdas, derechas o centro, pero todos hacían costumbre de votar al PSOE. Sentada esa premisa, era de cajón que se refirieran al presidente de turno -se apellidara Borbolla, Chaves o Griñán- como «éste que hay ahora».

    Durante tres décadas, desde la llegada de Borbolla en 1985 a la salida de Griñán en 2013, la autonomía se rigió por un populismo institucional, esto es, un sistema corporativista en el que el PSOE, como partido-autonomía, establecía una relación clientelar con distintos estamentos. Ahora, cuando el agio y la crisis originan un incendio que asola la autonomía y anula al PSOE como partido guía, la presidenta en funciones, Susana Díaz, procura sobrevivir afirmándose con «la gente». A bastantes leguas del concepto ciceroniano de pueblo, entendido como hombres reunidos, no de cualquier modo, sino por el derecho y el interés común.

    En esta operación de travestismo de quien encarna el prototipo de mujer del partido, en cuyo aparato ha urdido toda su carrera, hace campaña hablando de los partidos como si fueran unos parientes lejanos con los que no quiere cuentas. Satisfaciendo una esencia del populismo, funda un vínculo directo con el pueblo, visto desde esa nebulosa perspectiva que es la gente. Es como Juan y Medio presentando cualquiera de sus programas en Canal Sur.

    Aquel cartel del PSOE como «el gran partido de los andaluces», puesto en boga por Borbolla, decae y sus siglas son relegadas por el nombre de la candidata. De esta guisa, se transita de la patrimonialización de la autonomía por el PSOE, como fue desde el 28-F de 1980, a una tentativa de personalizarla en una postulante que despliega un populismo de copla dirigido a un elector que se confunde con el espectador-tipo de La Suya.

    Con ese nexo, Díaz traza una política escapista en la que sus incandescentes clamores contra la corrupción le valen para salir indemne dejando todo intacto. Aviva un populismo cuyo alcance se ignora si será pasajero sarampión o devastadora metástasis. Pero cuya retórica impregna su lenguaje y tiñe de vaguedad ideológica su discurso. A falta de soluciones, pregona pasiones a través de ese populismo que suplanta a la opinión pública por el sentimiento popular y al conocimiento por la propaganda. Al blasonar lo mucho que quiere a Andalucía, hace un acto de amor a sí misma y al poder que ambiciona sin medida.

    Se transita de la patrimonialización de la autonomía por el PSOE a su personalización en Susana Díaz

    No tiene rubor en apoderarse de la parte del programa de IU que le sirvió de excusa para desahuciar a su socio del Gobierno y anticipar las elecciones. Defiende una cosa y su contraria. Justifica cualquier extravagancia con que se debe a la gente, cuya voluntad amolda a su antojo a manera de barro de alfarero. Al tiempo, se cobija en concepto tan deletéreo para escurrir el bulto o rehuir un cara a cara con Moreno Bonilla, parapetada en la primera agrupación socialista andaluza que es la RTVA.

    En su progresión como partido unipersonal de Díaz, el PSOE andaluz reproduce los errores que abocaron al PSC a la irrelevancia, tras ser partido cardinal que perdía cuando ocultaba las siglas PSOE (autonómicas) y triunfaba luciéndolas (todas las generales hasta 2011). Así, el PSC aprovechó la flaqueza de un PSOE fuera de la Moncloa para realzar su nacionalismo y apartarse de su órbita. Lo plasmó Montilla soltándole a Zapatero: «José Luis, te queremos mucho, pero aún más a Catalunya». Ahora Díaz se amontilla y sabotea la aparición de Sánchez en campaña. Por el camino del PSC, transita una presidenta que corre tras del viento y que lleva a algunos socialistas, como Guerra en vísperas del cónclave que estuvo a punto de proclamar a Blas Infante «referente principal del PSOE», a debatirse: «¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?».

    No obstante, lo darán por bien empleado -«El PSOE ha muerto, ¡viva Susana!»- si retiene el colocadero de la Junta, ese ogro filantrópico formulado por Octavio Paz para describir las estructuras gubernativas que ceban el populismo con recursos públicos y cuyas prácticas clientelares generan vínculos de Familia. «¡Tengo familia!», en suma, que tronaba Flaniano y que rememoró Pezzi toreando de salón con lienzo tan insigne y dando un capotazo a Rajoy.

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