lunes, 7 de abril de 2014

Alaya y el hilo de los ERE....Gracias siempre, Ilma. Sra. Magistrada, por su trabajo en beneficio de todos...

  • El poder, a la vez que se garantiza que no se haga justicia con los ERE, busca atribuir el fiasco a la togada que torpedea. 
  • Alaya luce una entereza inaudita en una tierra en la que la corrupción se ha encostrado por la permisividad, cuando no la connivencia, de los obligados, por juramento y sueldo, a perseguirla.
  • Si parece razonable la solicitud de la Fiscalía de que eleve al Supremo y al TSJA las causas que afectan a los expresidentes Chaves y Griñán, así como a cinco de sus consejeros, lo que ilustra lo sistémico de la corrupción, no lo es menos que la requisitoria alegra a los aforados que, a este fin, se aseguraron ese privilegio. Están persuadidos de que los magistrados designados por los partidos los exonerarán, como eximieron a Chaves por el trato de favor a su hija, apoderada de una mina a la que otorgó una ayuda de 10,1 millones. 


Idígoras y Pachi



El tesón de Alaya, en vez de mover al encomio general, suscita sospechas por la poca costumbre y lo inhabitual de su coraje




  http://www.elmundo.es/andalucia/2014/04/06/534117ef268e3ec51c8b456c.html


Alaya y el hilo de los ERE


 'EL HILO DE LA FÁBULA', Borges recrea el mito de Ariadna. Tras narrar como ésta deja en la mano de Teseo la fibra (en la otra, la espada) que le permite adentrarse sin extravío en el laberinto de Creta y dar muerte al Minotauro, el gran escritor argentino refiere una nueva encrucijada al otro lado del laberinto, el del tiempo. Si el epígrafe borgiano de que «nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo» sirvió a Vargas Llosa para su novela El héroe discreto, cuyo protagonista intenta cumplir con la exigencia de señalar el enredo y el hilo, otro tanto cabe con la juez Alaya y la instrucción del fraude de los ERE.
El tesón de Alaya, en vez de mover al encomio general, suscita sospechas por la poca costumbre y lo inhabitual de su coraje
Antes de perder el hilo y de perderse en el embrollo, apremiada por el tiempo, con la consiguiente prescripción, esta contemporánea heredera de Teseo se enfrenta al Minotauro de la Junta e indaga la salida del Dédalo de Minos. En su infatigable lucha, no goza de la asistencia proverbial de Ariadna, por lo que ha de confeccionarse el hilo que cose un sumario que es la anatomía del Régimen andaluz.
Si parece razonable la solicitud de la Fiscalía de que eleve al Supremo y al TSJA las causas que afectan a los expresidentes Chaves y Griñán, así como a cinco de sus consejeros, lo que ilustra lo sistémico de la corrupción, no lo es menos que la requisitoria alegra a los aforados que, a este fin, se aseguraron ese privilegio. Están persuadidos de que los magistrados designados por los partidos los exonerarán, como eximieron a Chaves por el trato de favor a su hija, apoderada de una mina a la que otorgó una ayuda de 10,1 millones.
El poder, a la vez que se garantiza que no se haga justicia con los ERE, busca atribuir el fiasco a la togada que torpedea
Para los aforados, estos Altos Tribunales son como la piscina probática de Jerusalén a la que un ángel, según el Evangelio de San Juan, descendía de vez en cuando y movía el agua sanando de sus males, por incurables que fueran, al primer enfermo en sumergirse. Por ese estado de cosas, el pleito de los ERE, en lo que hace a sus ilustres encartados, se mueve entre la prescripción y la impunidad.
Cuando el juez Barbero cerró en 1995 el litigio sobre financiación irregular del PSOE por medio de Filesa, Felipe González dijo con alivio: «Ya era hora». Simétricamente sucederá el día en el que la instructora de los ERE suelte prenda con los aforados y se quede con los sospechosos habituales, o lo que es lo mismo, los tres o cuatro golfos a los que se refirieron Chaves y Griñán. Ello aviva las conjeturas sobre una posible transacción de PSOE y PP para sepultar los ERE y Gürtel por medio de un simbólico intercambio de rehenes y un pacto de Estado que blanquee la podredumbre, al tiempo que entreabren la puerta a un gobierno de coalición tras las elecciones.
Hasta llegar al final de la escalera, Alaya ha sufrido una acre campaña de descalificación biliosa como la de Guerra y ponzoñosa como la del diputado socialista Pezzi, tildando sus autos como de «persona enferma». A la par que estos «fiscales de la inocencia y verdugos de la virtud», que dijo el clásico, se afanaban en herir su honra y abrasar su fama, ha debido resistir las presiones políticas y judiciales que han estado al acecho de su recusación, primero, y de su perdición, posteriormente.
No obstante lo cual, sin decir esta boca es mía ni ser de esos profesores de los derechos de la Humanidad que, a base de cobrar queridos Emilio o mercasevillas, están tan ocupados que no les resta tiempo para aprender nada, Alaya luce una entereza inaudita en una tierra en la que la corrupción se ha encostrado por la permisividad, cuando no la connivencia, de los obligados, por juramento y sueldo, a perseguirla. A riesgo de soledad y marginación, e incluso ostracismo social, se atiene a su obligación primera frente a quienes, por temer más esa soledad que un eventual error en su responsabilidad, han coadyuvado a extender la corrupción disculpando todo acto gobernante por inconveniente que fuera.
Corroborando que, durante dos mil años, la humanidad ha practicado el mal pregonando que honraba el bien, se percibe como el poder, a la vez que se garantiza que no se haga justicia con los ERE, busca atribuir el fiasco a la togada que torpedea sin desmayo. Así, la Presidenta de la Junta, Susana Díaz, pone cara de arrobo y envida en falso. Como en la fábula de Esopo de la zorra y el perro en la que la raposa penetra en el aprisco y, arrimando a su pecho un corderillo, finge acariciar a su propiciatoria víctima. La Junta propaga que guerrea por el reintegro del último euro y por erradicar la corrupción caiga quien caiga, pero los autos judiciales prueban que sigue trámites errados, lo que beneficia a los aprovechados, y hasta el mismísimo Guerrero recupera su nómina de funcionario. Como a tiro de escopeta se ve el engaño, no hay que dejarse encandilar. Tampoco lo permitió el can de la fábula al pillar a la alimaña abrazando al recental. Cuando se justifica alegando que «le acaricio y juego con él», el guardián de la majada, le espeta: «¡Pues suéltalo, si no quieres conocer mis caricias!». No es cosa que ocurra con los ERE como antaño con el caso Ollero en el que hubo que devolver hasta el maletín al comisionista que fue cogido por la Policía con las manos en la masa de las coimas de las constructoras adjudicatarias de la Junta.
Clamoroso, a este respecto, el cante del presidente del Parlamento, Manuel Gracia, quejándose al Consejo del Poder Judicial de que Alaya ha podido incurrir en «posible afectación» de la inviolabilidad del Parlamento por querer saber lo que decidió su comisión de Hacienda. Si ya supone falta de tacto que firme el informe jurídico el Letrado Mayor, José Antonio Víboras, hermano de una consejera, y que lo eleve un presidente que se subió el sueldo con nocturnidad y alevosía, pasman esos escrúpulos en el comisionado de una institución a la que, durante un decenio, los Gobiernos de su partido remitieron unos Presupuestos tan falsos como los ERE sin que los burlados esbozaran un mohín de rechazo, una vez descubierta la estafa. Los desaprensivos burladores, lejos de ser reprobados, usaron a los escaldados como escudos humanos con el cuento de que, si los imputaban, como lo fueron, debía serlo todo el Parlamento. Ahora Gracia gallea a la juez para hacer méritos ante Susana Díaz, quien quiso removerlo, saltándose a la Mesa de la Cámara.
Ante tanta impostura, Alaya, con sus yerros, claro, es más escrupulosa con la división de poderes que quienes la menoscaban mutando el Parlamento en ala de servicio del Palacio de San Telmo. En este envite, la instructora está curada de espanto. En su fallido recurso contra la imputación de 20 de sus altos cargos, la Junta la acusó nada menos que de «subvertir el Estado democrático».
Quienes acusan a Alaya de franquear la línea roja lo que, en verdad, le reprochan es esa reciedumbre tan bien descrita por el padre de esa metáfora de éxito, William Russell, enviado de The Times en la Guerra de Crimea de 1854, al observar la imperturbabilidad de los casacas rojas escoceses ante la acometida de la caballería rusa que los sextuplicaba. Marchito el ideal de Erasmo, quien concebía la política como aspiración ética, el tesón de Alaya, en vez de mover al encomio general, suscita sospechas por la poca costumbre y lo inhabitual de su coraje. Evoca aquel juez ejemplar de la época de Abderramán que no dudó en dictar sentencia contra un amigo del emir. «Me ha obligado a fallar contra él quien te ha puesto en el trono -le dice el juez al emir-; si no fuera por él, tú no lo ocuparías». «¿Quién me ha hecho sentar a mí en mi trono?», quiso saber Abderramán. «El profeta que nos impone el deber de obrar con justicia y aplicarla equitativamente a todos, altos y bajos».

francisco.rosell@elmundo.es

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